¿Cómo hemos llegado a esto?
De todos los puntos negativos que pueda tener la vida en Tokyo, sin duda uno de los más prominentes son las aglomeraciones en el tren. De camino al trabajo, siempre he de hacer uso de la línea Saikyo. El nombre de la línea viene de la unión de los nombres SAItama y toKYO. Como te puedes imaginar, se refiere a su trayectoria. Empieza en Kawagoe, Saitama, y termina en Shin-Kiba, cerca de Odaiba en Tokyo. La hora punta de la línea Saikyo es donde se producen los mayores y más indecentes hacinamientos de gente en Japón. No es raro que el tren vaya lleno por encima del trescientos por cien de su capacidad, lo que representa viajar enlatado y comprimido como una vil sardineta.
Recuerdo que hace poco, hubo una de las peores aglomeraciones que haya visto hasta ahora. Casi siempre éstas se suelen producir después de un 人身事故 (léase jinshin-jiko), que quiere decir “accidente en el que resultan heridas o muertas personas”. Normalmente este eufemismo se refiere a que ha habido un suicidio. Es bastante común que la gente se suicide en Tokyo tirándose al tren, lo que se llama 飛び降り自殺 (tobiori-jisatsu). Aunque parezca mentira, ocurren con espeluznante frecuencia. Pero tal vez lo que más sorprenda sea la indiferencia general ante el tema, lejos de entristecerse por esta tragedia humana, la mayoría de los japoneses ve estos suicidios únicamente como una molestia o impedimento para si mismos, que les hace llegar tarde o retrasarse en sus citas. Ya hablaré en un próximo post sobre la “cultura de la prisa” en Japón.
Ese día tuve, una vez más, la oportunidad de observar cómo actúan los japoneses cuando van en colectivo. Llegó el tren, que ya venía lleno, y en total silencio pero despavoridos, como despavoridos salen los toros al abrirse las puertas en los sanfermines, entró la masa arremetiendo violentamente, sin mediar disculpa alguna. Todos querían entrar, apretándose con todas sus fuerzas frenéticamente, aunque fuese imposible que cupiese nadie más. Hubo gente que cayó y casi fue pisoteada. Una vez estuvimos dentro, comprimidos hasta el punto de dolor, se cerraron las puertas y avanzó el tren. Dentro, hay asideros para que los pasajeros se agarren, pero su reducido número hace que muchos tengan que ir haciendo equilibrio sin poder agarrarse a nada. A cada frenazo que daba el tren, por culpa de las alteraciones en el tráfico, había gente que caía, como fichas de dominó. Me llamó la atención la expresión de dolor de una delgada chica, con temor pensé que en uno de estos empujones se desarmaría.
Después de algunas paradas, una señora mayor se sintió indispuesta. Empezó a decir, con voz débil y llorosa, que quería bajar, que por favor que la dejaran bajar. Pero todavía faltaba un buen trecho para la siguiente parada. Una compañera le dijo que aguantara un poco más. Por fin llegó la parada, y la señora mayor se dispuso a bajar. Con ella también salió una gran masa de gente, que le empujaba hacia delante. La señora trastabilló, pero por muy poco no cayó. Lo mismo le sucedió, otra parada después, a una madre con su hija de unos 10 años. Pero esta vez la niña cayó, y la madre la levantó cubriéndola con su cuerpo justo a tiempo de evitar que fuera pisoteada.Continuó el tren su marcha, y cada vez iba acercándome más a mi destino. Era a principios de abril, por doquier estaban los cerezos en flor. Cruzó el tren por una zona donde había muchos de ellos, y con el aire que desplaza éste a su paso echó a volar miles de pétalos de cerezo, que cayeron como una lluvia de color. Me será difícil olvidar la expresión de algunos de los japoneses que iban en el tren, como la de un preso que ve allá afuera su libertad, o tal vez una niñez perdida hace muchos años. Entonces noté como la tensión y la rabia que llevaba acumuladas contra ellos se tornó en comprensión y en lástima. Al bajar del tren me pregunté: ¿cómo hemos llegado a esto?
